domingo, 23 de noviembre de 2014
Daydreaming
El frío del exterior comienza a entrar por la única ventana que haz dejado abierta. Te recuestas en la cama, arrojas la sábana hacia arriba con delicadeza para que lentamente vaya cubriendo todo tu cuerpo, entero, de pies a cabeza. Ya lograda tu meta, sonríes y continúas haciéndote un ovillo, mientras vas cerrando los ojos y planeas en tu mente -ya que él no te deja- la ruptura final, aquella que sin duda sabes que no sucederá. Pero te sumerges con elegancia, diseñando con cuidado tu alrededor, alterando el clima para que no hayan cabos sueltos y de pronto -ya en una librería extraña, en la que sin duda nunca has estado y él jamás en sus vidas estará, quizás por falta de gusto o por exceso de ignorancia- él entra y tú vas saliendo. Como de costumbre, llevas la cabeza abajo, brincando líneas, contando pasos y formas geométricas, esquivando grietas y enemigos del zapato. Él lleva puesta su cara más seria haciendo lucir su mentón, el perfume genérico de siempre y la normalidad que tanto detestas, pero que a él le queda muy bien. Tú no lo notas hasta que él te toma cariñosamente por el brazo y tu levantando la cabeza abruptamente, le miras y te pierdes involuntariamente en sus ojos. Él descaradamente pronuncia tu nombre. Tú solo te dedicas a responderle con un frío e inteligible hola, mientras tragas ruidosamente. Él sonríe y el tú de la cama, arropado, con frío, comienza a poner a prueba la razón principal que te ha llevado a crear todo aquel escenario, pero no, agitas la cabeza y continúas, ahora con más fuerza y decisión. Le sacas la mano de tu brazo con desprecio y continúas caminando. Abres la puerta hacia el exterior y caminas sabiendo que él no demorará en salir y detenerte. Cuando comienzas a doblar la cuadra, escuchas tu nombre, te detienes y sonríes, te volteas y lo ves corriendo con entusiasmo hacia a ti. Tú dejas caer los brazos fingiendo desagrado, él se acerca y te pide que lo escuches. Tu agitas la cabeza y le dices que no, que ya es demasiado tarde. Él te dice que lo siente y tú te ríes a carcajadas. Cuando logras recuperarte del ataque de risas, le dices que ya no importa y le preguntas si es realmente feliz. Él dice que sí y tu asientes. Lo miras a los ojos como si nunca antes te hubiese derretido y le dices que eso era todo lo que querías escuchar. Sigues hablando sin parar y le dices que ya eres consciente de que nunca hubo una verdad en sus mentiras, que te tomó tiempo, pero que ya no lo esperas, que ya sabes que nunca fue él quién realmente sembró mariposas en tu estómago, sino que quién tú creías que era él cuando estaba contigo o sin ti. Le agradeces los detalles, los abrazos y el beso, le agradeces el poco tiempo, las mentiras, el concepto maltrecho, la carta, la sonrisas y hasta el silencio. Él te detiene para hablar, pero tú llevas tu dedo indice a su boca y lo silencias. Le dices que si así decidió estar luego de ustedes, que así se quede: callado, ignorando todo lo sucedido, viviendo como si tú no hubieras pasado. Sonríes y le cuentas lo alegre que estás por él y que a pesar de todo el coraje que llevas escondido en la alegría, es lo único auténtico que has dicho. Tomas con ternura su rostro en tus manos y como la primera vez, le dejas un beso en la frente, mientras luego le susurras al oído que te hubiese encantando que hubiese sido él. Te alejas lentamente, te giras con la boca amarga de mentiras y comienzas a llorar mientras caminas sin saber a dónde. De pronto suena tu teléfono celular que te despierta con rudeza de tu imaginación. Te quitas la sabana de golpe, agarras el teléfono y notas un número desconocido; con el cuerpo hecho nervios contestas, y te llevas la terrible sorpresa: no era él, sino una persona que decide marcar el número equivocado, en el momento equivocado. Cuelgas el teléfono, tomas la almohada en tus manos, te la llevas a la cara y gritas con todas tus pocas fuerzas, te tumbas de nuevo en la cama, pero esta vez no te importa arroparte, no te importa que te mueras de frío y lo peor, no vuelves a imaginar.
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